Palabra de ETA

Artículo de opinión publicado en los díarios del grupo noticias entre el 20 y 21 de octubre

La unilateralidad del anuncio del cese definitivo fue consecuencia de una indiscutible evolución ideológica, pero es también la base de una paz a construir sin vencedores ni vencidos.

El cuarto aniversario de la comparecencia pública de los portavoces de ETA, que anunciaron el cese definitivo del uso de la violencia por parte de dicha organización, es una buena ocasión de efectuar un balance sobre la paz en Euskal Herria.

El anuncio del cese definitivo fue un hecho unilateral y, por lo tanto, de motivación política, igual que lo habían sido las motivaciones para la fundación de ETA y la adscripción de sus militantes. La unilateralidad es consecuencia necesaria de un razonamiento, en este caso político, y que contiene todos y cada uno de los componentes de una revisión de los análisis previos, es decir, todos los componentes de arrepentimiento y de la autoenmienda, mucho más allá de los aspectos subjetivos que estas actitudes tienen.

La garantía del anuncio unilateral de ETA es la palabra dada. Para la credibilidad de la organización ETA siempre fue un compromiso el de cumplir la palabra dada y si existió algún incumplimiento como el atentado de la T4 fue objeto de críticas rotundas. ETA ha ratificado el anuncio de hace cuatro años en todos y cada uno de los comunicados emitidos con posterioridad, incluido el último comunicado emitido después de la detención de los señores Pla y Sorzabal y justo antes de la detención de Egoitz Urrutikoetxea. Este hecho indiscutible, a saber, el de que la garantía del cese definitivo de la violencia se asienta sobre la palabra dada por ETA, es una de las tres razones que me hacen defender la necesidad de la subsistencia de ETA como organización civil y desarmada.

La unilateralidad del anuncio de la organización ETA fue consecuencia de una indiscutible evolución ideológica, pero es también la base de una paz a construir sin vencedores ni vencidos, condición indispensable para la igualdad y para el reconocimiento de todas las víctimas de todas las violencias de motivación política en pie también de igualdad.

La necesidad ideológica de la igualdad entre todos los ciudadanos/as en la sociedad del futuro constituye un imperativo democrático que se pone en evidencia siempre que se quieren dar pasos sustanciales en la pacificación. Es un imperativo democrático que se representa en el principio de “sin exclusiones” y que si no se respeta de forma íntegra y completa conlleva necesariamente el fracaso.

La importancia emblemática de la figura de las víctimas de la violencia de motivación política estriba en su aportación a la paz del futuro y no en su sufrimiento, porque análogo sufrimiento también padecen las víctimas de cualquier otra violencia que no sea de motivación política. ¿Podría alguien sostener que la madre de la víctima de un accidente de trafico sufra menos que la de un atentado de motivación política? Evidentemente, no; pero el sufrimiento y las consecuencias de una muerte por violencia de motivación política tiene la virtualidad de servir de parámetro y de límite para la convivencia democrática en la plaza de la igualdad social. Por eso es esencialmente importante la equiparación entre las víctimas de uno y otro bando para la dignidad de todas ellas.

En Navarra se aprobó una primera Ley Foral de Víctimas de Navarra, la L.F. 9/2010 de 28 de abril. Es una Ley que solo atiende a las víctimas de ETA, pero cuyo déficit iba en detrimento de la dignidad de todas las víctimas, incluidas las de ETA. Tomas Caballero y Mikel Zabalza son víctimas de violencia política, pero su dignidad como emblemas de igualdad democrática para el futuro se sublima en la medida en que José Javier Mugica y Germán Rodríguez sean también equiparados con ellos.

Temo que la segunda Ley Foral de Víctimas de Navarra, la L.F. 16/2015 de 10 de abril, que enmendó y corrigió en buena parte, aunque no del todo, aquella primera Ley, pueda aun ser recurrida, tal como indican algunos indicios y actitudes del Gobierno del Estado. El plazo para ese recurso finalizará el 10 de diciembre, justo antes de las elecciones generales, como les conviene a algunos que han hecho de su obstrucción a la paz su mísera estrategia. Es hora de superar de una vez el esquema mental de la figura de “los caídos” del franquismo, pues esa es la perspectiva ideológica de quienes defienden la distinción de las víctimas, tan letal para la democracia.

La efemérides del cuarto año del anuncio del cese definitivo en el uso de la violencia no solo es una ocasión para el análisis sino también para la exigencia de determinadas decisiones. Todos creen ya en la palabra dada por ETA. Nadie duda de que se está cumpliendo y se cumplirá, pero no se debiera cerrar la puerta a posibilidades como la que se da estos días en Irlanda, en que la acusación de subsistencia de la actividad del IRA debería ser contestada a mi juicio por la propia organización, demostrando su situación de desarmada y de civilidad.

El propio desarme, dada la falta de responsabilidad y de categoría del Gobierno español, hay que darlo por efectuado por vía de la unilateralidad y por la palabra dada. ¿No era más difícil y más importante el cese definitivo proclamado hace cuatro años?

El debate social sobre la verdad y la memoria precisa también una revisión desde la perspectiva de la consolidación definitiva e irreversible del cese en el uso de la violencia. La verdad no solo tiene que ser completa, sino que no puede estar limitada al análisis de hechos individuales, pues es preciso el análisis de sus motivaciones, desarrollos y consecuencias, tanto las buscadas como las obtenidas. La verdad completa tiene un aspecto referido a la organización que no se agota en las actitudes y resoluciones de las personas individuales y, por lo tanto, no se puede limitar ni a una valoración ética ni a una circunstancia personal concreta. La paz siempre llega demasiado tarde, la violencia siempre está mal, pero sería incompleto y perjudicial ocultar la motivación política de la organización y de las personas que, en muchas ocasiones en perjuicio de sus propias ideas, cometieron esos hechos.

Vemos con envidia que en países civilizados como Colombia tratan de buscar a través del dialogo y del recíproco respeto los caminos de paz para el futuro. Mientras tanto, el Estado español mantiene al político preso a Arnaldo Otegi, que en el caso de Colombia sería sin duda quien estaría departiendo con el presidente. Aunque es cierto que también en Colombia tienen a sus Uribes y compañía igual que aquí padecemos a Fernandez Diaz y otros mostrencos.

El hecho es, sin embargo, que Otegi cuenta ya con el reconocimiento de la sociedad vasca y, en el cuarto aniversario de que ETA diese su palabra y compromiso de un cese definitivo en el uso de la violencia, no puede dejarse de recordar su nombre. Los planes de paz, las iniciativas por la paz, los esfuerzos por la paz, tanto los que encuentran camino como los que aparentemente fracasan, siempre son dignos de ser tomados en consideración aunque supongan aparentes fracasos políticos, porque la historia no la escriben solo ni principalmente los que firman en los Boletines Oficiales.

Sería incompleto y perjudicial ocultar la motivación política de la organización y de las personas que en perjuicio de sus propias ideas, cometieron esos hechos

La verdad no solo tiene que ser completa, sino que no puede limitarse al análisis de hechos individuales, pues es preciso el análisis de sus motivaciones y consecuencia